Opinión | GaliSports
Hay jugadores que pasan por un club y otros que se quedan a vivir en su memoria. Ignacio Malcorra pertenece, sin dudas, al segundo grupo. En tiempos de vértigo, de procesos cortos y de camisetas que pesan cada vez menos, el zurdo fue una anomalía: un 10 clásico que entendió dónde estaba parado, que se hizo cargo del juego y que terminó escribiendo una de las etapas más gloriosas del Rosario Central moderno antes de una salida tan abrupta como inevitable en enero de este año.Cuando Malcorra llegó a Central, no hubo fuegos artificiales. No era una apuesta joven ni una estrella de marketing. Era fútbol. Y eso, en Arroyito, siempre cotiza alto. Desde el primer partido quedó claro que su rol no sería uno más: la pelota iba a pasar por él. Con su zurda educada, su pausa en medio del caos y su lectura del juego, Malcorra se transformó en el cerebro de un equipo que volvió a competir en serio.
Los números ayudan a dimensionar su impacto. En más de cien partidos con la camiseta canalla, Malcorra aportó doble dígito en goles y asistencias, pero reducir su legado a estadísticas sería injusto. Fue el eje del equipo bicampeón de 2023, protagonista central tanto en la Copa de la Liga como en la Liga 2025
, dos títulos que devolvieron a Central a un lugar de prestigio en el fútbol argentino. En finales, en mata-mata, en partidos donde la pelota quema, siempre apareció una falta bien ejecutada, un pase filtrado o una decisión correcta.
Y si hay un capítulo que termina de sellar su condición de ídolo, ese es el de los clásicos. Malcorra le marcó goles a Newell’s, y no goles cualquiera: goles gritados con el alma, goles que quedaron tatuados en la memoria del hincha canalla. Entendió como pocos lo que significa ese partido, lo que se juega y lo que no se negocia. En una era donde muchos prefieren pasar de largo, él se metió de lleno en la historia grande del clásico rosarino.
Su salida en enero fue tan sorpresiva como dolorosa. Sin despedidas rimbombantes ni homenajes a la altura de su recorrido, Malcorra se fue dejando una sensación amarga. Pero también una certeza: Central volvió a ganar porque tuvo un 10. Porque tuvo a alguien que pidió la pelota cuando quemaba, que jugó e hizo jugar, que representó una forma de entender el fútbol que parece estar en extinción.
Por eso el título no es exagerado. Malcorra fue, quizá, el último 10 de Rosario Central. No por la posición en el campo, sino por lo que simboliza: liderazgo futbolístico, identidad, compromiso y talento. El tiempo dirá si aparece otro. Mientras tanto, en Arroyito quedará el recuerdo de su zurda, de sus goles al rival de toda la vida y de un ciclo que terminó de golpe, pero que ya es eterno.

Un grande malcorra, nunca me voy a olvidar cuando embocó a los pechos de tiro libre.
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